Me arranca por la fuerza todos los pétalos sobre el gélido suelo.
La estancia (¿es un dormitorio?) tiene una ventana por la que aunque se vislumbra el alba no deja pasar ni un rayo de luz. Oscuridad y frío. Su cara es borrosa.
Sólo sé que jadeo y gimo hasta que la pequeña muerte me alcanza. Me mira apoyado al lado de la ventana, y es como si los primeros destellos no tuviesen el coraje de resplandecer sobre la sombría alcoba, ni mucho sobre él.
Sólo sé que jadeo y gimo hasta que la pequeña muerte me alcanza. Me mira apoyado al lado de la ventana, y es como si los primeros destellos no tuviesen el coraje de resplandecer sobre la sombría alcoba, ni mucho sobre él.
-Ahora debo matarte.
La ansiedad me oprime el pecho; por un momento creo que es por el apego que debería sentir hacia la vida.
-Yo lo haré -digo a mi intruso.
-Yo lo haré -digo a mi intruso.
-Si insistes... -con un desdeñoso movimiento de cabeza señala al suelo; me agacho buscando algo con lo que llevar a cabo tal misión y descubro fríos revólveres esperando pacientemente.
Tomo uno al azar. Aterrorizada lo meto en mi boca y lejos de temer a la muerte, comprendo que mi miedo es fallar. Aprieto el gatillo tan velozmente como me permiten mis entumecidos dedos.
Descargado.
Tomo uno al azar. Aterrorizada lo meto en mi boca y lejos de temer a la muerte, comprendo que mi miedo es fallar. Aprieto el gatillo tan velozmente como me permiten mis entumecidos dedos.
Clic, clic, clic, clic, clic.
Bajo su insidiosa mirada prosigo con mi ruleta rusa. Ahora apoyo otra en mi sien y me siento más segura pues pienso que desde ese ángulo es nula la probabilidad de sobrevivir.
Me empiezo a frustrar y siento enfado hacia mi profanador por no haberse molestado antes en abastecer de balas los argénteos verdugos. A tientas palpo el suelo desnudo hasta topar con otro. Noto que tiene más peso que los anteriores, me lleno de esperanza y lo poso entre mis ojos...
Clic, clic, clic, clic, clic.
Despierto.

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