Sentí ese cosquilleo con mi primer roce de labios, a pesar de que tú lo recibías como un descuento de supermercado. Me dejaba hacer al son de las deprimentes canciones que escupía un polvoriento radio cassette; y ni las mil burbujas de vainilla que me restregaste bastaron, pues ese recuerdo ya me habría ensuciado.
Luego, en expediciones por senderos perdidos donde mis gritos no podrían ser oídos, me veía reflejada en las gafas de sol que usabas para esconder de mí tus espinosas miradas; en ellas podía observarme permitiendo ser guiada por ásperos tentáculos y falsas palabras, mientras se sucedían vomitivas escenas que atormentarían por siempre mi alma.


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