viernes, 3 de abril de 2015

Para mi desgracia, me comporto como quieres que sea



De pequeña fui una vez al circo. Aunque claro, eso fue antes de comprender que esas pobres bestias estaban ahí recluídas en contra de su voluntad. Ahora me resulta sorprendente cómo ocultan el sufrimiento bajo ese artificial clima de infancia y risas. Se le muestra a los niños que incluso el más básico instinto que impulsa al león a atacar, puede ser dominado por medio de opresión (y drogas, pero eso no es lo que hoy me atañe). Se le priva de su esencia, de su libertad (dentro de su ser animal, ustedes me entienden). ¿Creen que el león es feliz? ¿Que aunque actúe como lo hace sin fuerza bruta mediante, él no sacaría las garras encantado y volvería al sitio de dondequiera que lo arrancaron? Eso suponiendo que no haya sido criado en cautividad, meh.


A nosotros se nos adoctrina de forma más sutil. Sea desde que ni siquiera albergamos razón, sea de forma más tardía, enyesando nuestro ser de artificios aprendidos por socialización. No estoy lanzando una crítica contra lo tan inexactamente denominado como ''el sistema'', que bien se podría; sin embargo, entono un amargo lamento por la eficaz forma de alienación, por esos hilos que nos mueven, que no vienen de un punto concreto (o sí). Convenciones, normas autoimpuestas, tácitos contratos.

¿No te dan ganas de sacar las zarpas? 

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