Estrujar el amor hasta que se vuelva rancio. Estrujarlo hasta que pierda su esencia, como ese grano de café tostado y molido, delicioso, que se enmohece dentro de su propio filtro a fuerza de reutilizarlo. Estrujarte y estrujarme, morir en el intento de salvarte y salvarme. Odiar en el intento de amarte y amarme.
Por mí se irían a la mierda los dichosos flashes acechantes. Así también nuestra decencia, tu inocencia, mi entereza, pues las ganas de roerte imperan en esta mi conciencia. ¿No me oyes la mirada? ¡Clama por tu almizcle! Maratón en París, allí tamaño desliz habría sido redimible. ¿Por qué te abstuviste?